La aventura de un joven libanés llamado Mema Kozhaya
Tomado del diario Expreso de Ecuador / Edición del 16 de marzo de 2014
Mema Kozhaya fue el verdadero nombre de Emilio Isaías. A su arribo a Guayaquil a inicios del siglo pasado, hablaba únicamente árabe, por eso no le entendieron bien cuando pronunció su nombre y apellido y fue inscrito como Emilio Isaías en los registros ecuatorianos.
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Nacido en una población enclavada en los montes occidentales de Líbano cercana a la ciudad de Abaidet, en la provincia de Jeibal, en 1892. Sus padres poseían una pequeña finca de vides y olivos, hacían vino, vinagre y aceite y había moreras para el alimento de los gusanos de seda. La casa de piedra, que todavía está de pie, servía de hogar a tan sencillos y honrados agricultores. Fue el segundo hijo de una familia de religión cristiano maronita de cuatro hermanos y su verdadero nombre era Mema Kozhaya, que se pronuncia Mema Isáia.

Escogido entre los cuatro jóvenes más trabajadores
Su tío Hanna Kozhaya era el único maestro en el pueblo, enseñaba todas las materias, recalcando los usos y costumbres de Líbano, país que gemía bajo la dominación turca mientras la juventud era reclutada para ir a la guerra como había ocurrido durante la de los Balcanes. En 1912 los vecinos escogieron a los cuatro jóvenes más trabajadores para que salieran a probar fortuna en América, donde -según las cartas que se recibían de tiempo en tiempo- otros jóvenes prosperaban. El grupo partió a Beirut a tomar el barco que les conduciría por Europa hasta América. En el Ecuador vivía un hermano mayor llamado Ángel Kozhaya casado con una prima Ramsa (María) Barket, nacida en Abaidet, con dos niñas que fallecieron de enfermedades tropicales.

De Mema Kozhaya a Emilio Isaías
Tras un viaje de varios meses el joven Mema finalmente arribó a Guayaquil por el muelle del reloj público. Venía con mil dólares en los bolsillos, hablaba únicamente árabe, por eso no le entendieron bien cuando pronunció su nombre y apellido y fue inscrito como Emilio Isaías en los registros ecuatorianos. El plan original era visitar a su hermano y proseguir hacia el Brasil donde pensaba quedarse. En Guayaquil fue recibido por un amigo de la familia Gabriel Assaf, casado y con dos hijos. Enseguida viajó a Alausí donde sus amigos los hermanos Azar, siguió a Riobamba, Ambato y Quito. El regreso fue en tren. Así había conocido el país.

Trabajador agrícola y vendedor ambulante
En nuestra urbe le esperaba Antonio Hanna Tanus quien tenía su base comercial en Vinces y le aconsejó empezar de a poco, vendieron productos adquiridos a los almacenes importantes. Con esta recomendación tomó un vapor a Catarama donde radicaba su hermano. Así fue como inició una vida de vicisitudes y sacrificios, primero como trabajador agrícola, luego de ocho meses y hablando algo de español se hizo vendedor ambulante, de los llamados semilleros, dividiendo la provincia de Los Ríos con su amigo Antonio Hanna.

A pie, montado en burro, o abordando canoas con mercadería, recorría las haciendas ribereñas de la cuenca del Guayas ofreciendo al por menor entre Catarama, Ventanas y Babahoyo, zona que le tocó en la división. Cuando arribaba a una población, visitaba casa por casa con las telas al hombro, trataba de hacer amigos y conocidos como garantía de éxito comercial, pues el campesino costeño es un ser primario y cuando da su amistad lo hace sin condiciones. Los viajes podían ser cortos pero a veces duraban semanas porque no le agradaba regresar sin agotar la mercadería. De todo esto se desprende que el crédito inicial era parte esencial del negocio y luego, cuando el sencillero lograba capitalizar a base de una vida frugal y de estricto ahorro, otorgaba crédito a los campesinos y también a los chinos, que casi siempre eran dueños de almacenes. Uno que otro viaje a Guayaquil para aprovisionarse de nuevas mercaderías y conseguir líneas de productos era vital.

Calor, mosquitos, polvo y sabandijas del trópico
Las conexiones con algunos paisanos sirios o libaneses con tiendas en el centro del puerto principal, especialmente en los bajos del edificio de la Gobernación o a lo largo de la calle Pichincha, permitía expandir el sistema, llevando las cuentas en simples libretas escritas a lápiz, donde todo se anotaba en detalle (cantidades y fechas) sin que jamás se diera el caso de un desacuerdo, pues la gente creía a ciegas en la palabra empeñada y las transacciones se realizaban con total honradez.

Fueron años asendereados por la comarca de Los Ríos con calor, mosquitos, polvo, no exentos de peligrosas aventuras. El joven Isaías tuvo que aprender rápidamente el idioma con ayuda de un diccionario y asimilar nuevas costumbres, diferentes comidas -algunas debieron hacerle daño- también enfrentó las revesas de los ríos y sus crecidas invernales, la dureza de los meses de lluvia, las sabandijas del trópico, una gama de situaciones cuya existencia jamás pudo imaginar en Líbano. Pero como arribó al Ecuador cuando el negocio del cacao estaba en auge, pudo aprovechar sus primeros diez años de duro trabajo para formar un pequeño capital.
“Tras un viaje de varios meses el joven Mema finalmente arribó a Guayaquil por el muelle del reloj público. Venía con mil dólares en los bolsillos. El plan original era visitar a su hermano y proseguir hacia el Brasil donde pensaba quedarse. En Guayaquil fue recibido por un amigo de la familia Gabriel Assaf, casado y con dos hijos. Enseguida viajó a Alausí donde sus amigos los hermanos Azar, siguió a Riobamba, Ambato y Quito. El regreso fue en tren”. REMEMBRANZAS/ Rodolfo Pérez Pimentel
En 1958, la familia Isías compró el banco La Filantrópica y poco a poco lo transformó en el Filanbanco: el banco más grande, innovativo y solvente del siglo pasado.


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